Muchos nos preguntaron el por qué no habíamos vuelto a grabar. Bueno, aquí les trajimos la respuesta:
El 21 de septiembre, Buenos Aires fue escenario de una fiesta deportiva donde la resistencia, la emoción y la ciudad misma se mezclaron en 42 kilómetros de pura intensidad. Miles de corredores nos lanzamos al asfalto, pero más allá de la competencia, la experiencia fue una metáfora clara de lo que significa vivir. Y bueno Ricardo Pascuas (quien está escribiendo), estuvo presente corriendo su primer Maratón.
En este episodio especial, nos sentamos a hablar de lo que significa prepararse para una maratón, de los altibajos en la ruta, de las anécdotas que nos deja el running y de cómo correr no es solo mover las piernas: es un diálogo con la mente y con la vida.
Nota del editor: Esta fue mi carrera, y no voy a mentir: no soy deportista, y fue un gran reto. Entre el kilómetro 37 y el 39 tuve que caminar, el cuerpo me gritaba que parara, pero la cabeza me recordó que había llegado hasta ahí para terminar (y que no me iba a rendir, ni me iba a devolver sin la medalla). Y terminé. Crucé la meta corriendo, con la satisfacción de haber completado el desafío.
Buenos Aires es hermosa, una ciudad que acompañó en cada paso: el Obelisco imponente, las calles llenas de gente animando como si cada corredor fuera un campeón, y los barrios que se abren como escenarios distintos, desde Palermo con su verde hasta la 9 de Julio que parece infinita. Fue duro, fue largo, pero cada kilómetro tuvo un sentido.
La vida en 42 kilómetros
Una maratón no se mide solo en pasos: se mide en aprendizajes. Y por eso me gusta verla como la vida misma:
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Los primeros 10K son la infancia: fáciles, rodeados de gente que no conocemos, todo es novedad.
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Del 10 al 20K, la juventud: hacemos amigos, vivimos retos nuevos, aprendemos a administrarnos.
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Del 20 al 30K, los primeros fracasos: amores rotos, tropiezos, lágrimas y sonrisas mezcladas.
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Del 30 al 40K, la vejez temprana: todo duele, extrañamos la vitalidad pasada, pero seguimos.
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Del 40 al 42K, la madurez: no importa la velocidad, importa la satisfacción de haber llegado, la resiliencia de haber vivido.
Correr una Maratón no es solo un evento deportivo. Es un viaje personal, un espejo de lo que somos y lo que podemos lograr. Al final, la medalla es un recuerdo, pero la enseñanza es eterna: se trata de seguir, incluso cuando el cuerpo dice basta, porque la vida —como la maratón— se conquista paso a paso.


