Desde hace un tiempo, nuestras redes sociales —especialmente Twitter (ahora X), Facebook y muy seguramente TikTok dentro de poco— dejaron de ser solo lugares de encuentro para convertirse en campos de batalla. Y lo más grave: ese tono agresivo ya no se queda en el mundo digital.

El odio que se cuela por la pantalla: redes sociales, política y polarización en Colombia

Por estos días, tras el atentado al senador y precandidato presidencial Miguel Uribe, en Colombia, el odio no se grita en la calle. Se postea.
Se escribe en mayúsculas. Se comparte con emoticones de rabia. Se viraliza. Y muchas veces, se convierte en tendencia.

Desde hace un tiempo, nuestras redes sociales —especialmente Twitter (ahora X), Facebook y muy seguramente TikTok dentro de poco— dejaron de ser solo lugares de encuentro para convertirse en campos de batalla. Y lo más grave: ese tono agresivo ya no se queda en el mundo digital. Se filtra en los discursos políticos, en las decisiones institucionales, en la convivencia diaria. El odio no se apaga cuando cerramos la pantalla.

El termómetro de la rabia: lo que encontró La Silla Vacía

En 2025, La Silla Vacía decidió ponerle lupa a ese fenómeno. A través de un estudio basado en el modelo de detección de discurso agresivo desarrollado por Meta (antes Facebook), analizaron miles de tuits publicados por figuras políticas de todos los sectores. Los resultados son alarmantes:

  • Gustavo Petro y algunos líderes del Centro Democrático alcanzaron puntajes superiores al 50 % en agresividad digital.

  • Petro, en particular, recibe diez veces más comentarios de odio que Álvaro Uribe Vélez.

  • En promedio, el 44 % del contenido analizado en cuentas de opinión política contenía lenguaje violento, irónico o denigrante.

Lo más delicado no es solo lo que se dice, sino cómo eso aumenta seguidores y visibilidad. En redes sociales, al parecer, la rabia vende.

“El odio digital se volvió una estrategia electoral y una forma de posicionarse. Quien más insulta, más retuits consigue”, explicó La Silla Vacía en su informe especial (La Silla Vacía, 2025).

Algunos mensajes recogidos por el estudio son tan crudos como directos:

  • “Respeten, Presidente Petro, que mientras usted delinquía yo trabajaba.”

  • “Que se largue el narco de la Casa de Nariño.”

Este tipo de expresiones no solo reflejan polarización, sino que también terminan normalizando formas de violencia simbólica.

A pesar de que Vicky Dávila es la precandidata que más odio genera en sus publicaciones, el informe identifica a Paloma Valencia y María Fernanda Cabal como dos de las figuras más influyentes en la amplificación del lenguaje agresivo. Valencia, con un estilo irónico y despectivo, utiliza términos como “terrorismo legalizado” o “dictadura en progreso”. Cabal, por su parte, hace uso constante de la indignación moral y el lenguaje inflamatorio con frases como “Petro destruye la patria” o “nos están robando el país”, generando altos niveles de interacción con comentarios agresivos.

Cúcuta también escucha ese eco

Aunque el estudio es nacional, las dinámicas que describe se replican con fuerza en regiones como Cúcuta. Basta con entrar a publicaciones de medios de comunicación de la región donde se discute sobre el alcalde o el Concejo Municipal, para encontrar un patrón familiar: mensajes cargados de frustración, etiquetas ofensivas contra migrantes, funcionarios o contradictores, y un clima generalizado de sospecha y tensión.

En medio de este ambiente, el alcalde Jorge Acevedo ha hecho un llamado público a “desintoxicar el lenguaje político”, tras incidentes de violencia que escalaron desde las redes hasta las calles. Pero ese llamado, aunque necesario, aún parece débil frente a la lógica algorítmica que premia el escándalo y la confrontación.

Además, informes como el Barómetro de la Xenofobia muestran que más del 50 % de los comentarios sobre migrantes en redes sociales en Cúcuta están asociados con la criminalidad, a pesar de que muchas veces no existe evidencia para sostener esas acusaciones.

¿Qué consecuencias deja este ruido digital?

  • Polarización: ya no se debate, se ataca. Las redes premian el extremismo, no la empatía.

  • Censura social: muchas personas prefieren no opinar en público por miedo al linchamiento digital.

  • Desgaste institucional: líderes sociales, periodistas o funcionarios públicos reciben ataques sistemáticos.

  • Deformación del discurso político: los partidos y figuras públicas adaptan su lenguaje para “gustar en redes”, no para construir soluciones.

¿Qué podemos hacer?

Este no es un llamado a censura, sino a recuperar el sentido común digital. A entender que disentir no es odiar, que un país no se construye a punta de frases incendiarias, y que la libertad de expresión también incluye el deber de expresarse con respeto.

En un país donde la violencia ha dejado huella en todos los rincones, es urgente que empecemos a exigir otro tipo de conversación. Más valiente, sí, pero también más humana.

Porque el odio que hoy se postea, mañana puede ser el que se vive en la calle. Y ese, ni lo borra un tuit ni lo arregla un “me gusta”.

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